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Clarín interjú Juan-Gil Navarróval, Jorge Marraléval és Adrián Navarróval

2008.04.29

 

Juan Gil Navarro, Jorge Marrale y Adrián Navarro: la malísima trinidad

Son los villanos de "Vidas robadas" (Telefé, a las 22.15): forman un triángulo siniestro que maneja una red de prostitución y tráfico de personas. Aquí, los actores hablan de la fascinación del mal y del desafío de ser creíbles en una sociedad en la que la injusticia y la impunidad resultan moneda corriente.

Malvados, perversos, siniestros. Así son Astor, Nicolás y Dante, los tres personajes que encarnan lo más bajo del ser humano, y a quienes debe enfrentar Bautista Amaya (Facundo Arana) en la trama de Vidas robadas (Telefé, a las 22.15). Pero este trío de infames, que se dedica al tráfico de personas y otras actividades deleznables, está, afortunadamente, en la vereda opuesta fuera de la ficción y en la piel de Jorge Marrale (Astor), Juan Gil Navarro (Nicolás) y Adrián Navarro (Dante). El trío se entiende con las miradas y eso se debe, básicamente, a la gran complicidad que hay entre ellos, que les permite comentar escenas, hablar sobre su oficio, compartir gustos y reírse de sí mismos.

Cada uno ejecuta un estilo de maldad. ¿Cómo armaron esos perfiles?

Marrale: Lo interesante que se plantea como arranque del vínculo entre los tres es que Astor los rescata de la calle a Nicolás y a Dante, siendo púberes, lo cual hace que todo el mecanismo sea la construcción del mal.

Funciona como un padre.

Marrale: Claro, aunque es un padre maldito. Los toma, los adiestra y como es una mentalidad perversa, construye el afecto a partir de esa carencia. Entiende el afecto protegiéndolos, pero eso es sumirlos en el mismo camino que trazó. Eso fue lo primero que me interesó de la historia. Y después, que lo hicieran Juan y Adrián, dos actores cargados de buena intensidad interpretativa. Porque el problema con estos personajes es que pueden caer en machiettas. Y este trío tiene que ser creíble.

Los tres tienen más de una cara: pueden ser tiernos y amorosos y canallas, a la vez.

Navarro: Eso es lo que los hace más perversos, la ambigüedad, que, además, es notoria, la muestran. Yo observé mucho los primeros días a Jorge y a Juan y, en función de eso, pudimos armar unos personajes que recorren el mismo camino, pero a la vez son muy diferentes: sólo los une la impunidad, la maldad. Aunque la de Astor es insuperable, porque es el cerebro de la organización y Dante y Nicolás tienen algo de admiración hacia él. Todo eso lo podemos generar gracias al vínculo que tenemos nosotros. Antes de hacer una escena y en el momento de grabarla, hablamos mucho. Nuestras conversaciones tienen que ver con el oficio, con la creación.

Marrale: Además creo que hay códigos para trabajar que te permiten ser intenso, y también divertirte, aún en los momentos más dramáticos.


Gil Navarro: Es que, con estos personajes tan tremendos, si no bajás la tensión, te pasás.

En la charla se nota ese juego constante entre los personajes y las personas. Juan y Adrián comparten su camarín, en cuya puerta dice Los Navarro, un título que suena a guiño irónico hacia sus personajes y también una muestra de verdadera cercanía entre los actores. Algo que comparte también Marrale, a quien los más jóvenes tienen como referente, pero sin la reverencia solemne que podría despertar su trayectoria. "Lo que yo voy descubriendo es que nos gusta lo que hacemos, nos gusta sentarnos a hablar, de todo en general", dice Marrale. "El otro día Juan me trajo películas y reportajes de Michael Caine y eso lo disfrutamos. Hay afinidad entre los tres".

Los personajes se potencian entre sí, lo mismo parece suceder entre ustedes.

Marrale: Sí, y eso es lo que deja una experiencia grata. Me parece interesante, volviendo un poco a lo que decíamos antes, ver cómo en el arte dramático en general y en televisión, especialmente, el espacio de la malicia está tomado con una dimensión particular: parece que la malicia de la realidad cada vez se filtra más en la televisión, con lo cual es delicado trabajar con eso, es una responsabilidad muy grande. La malicia es muy táctil, está en el aire y la gente, por presión, por exclusión, o por lo que sea, la saca afuera. Por lo tanto, en la ficción, la malicia tiene que ser muy verosímil.

Gil Navarro: Yo creo que es fantástico este concepto de Jorge sobre el espacio de la malicia, tiene una potencia tremenda. Uno es como una antena que toma, refleja y proyecta otra vez. Y, a lo mejor, estamos tan embebidos, que alcanza con ponernos un espejo adelante para que la gente se identifique. Después, cada uno tiene su estilo, su color. En el caso de Nicolás, tiene una furia sin respuesta que lo enloquece. Es un pedido de afecto con rasgos de psicópata, como lo que le pasa con Juliana, el personaje de Sofía Elliot, a quien tiene cautiva y se supone que la quiere.

Marrale: Ahí está otra vez la ambigüedad dolorosa en la que viven. Creo que nuestros tres personajes están detrás de la vidriera. En cambio Juliana (Elliot), Rosario (Soledad Silveyra), Juan (Patricio Contreras) representan el sufrimiento de la gente.

Navarro: Con ellos la gente se puede identificar más porque es difícil ver un malo y reconocerse en él, aunque en la realidad los haya y peores. De todos modos, lo mejor que tiene esto es el juego: uno como actor saca de adentro su malo, lo que uno reprime. Es fantástico: dejás de reprimirte, jugás y volvés a la realidad.


La relación entre Dante y Nicolás tiene otros condimentos: la lealtad, la rivalidad y hasta cierta ambigüedad sexual.

Navarro: El vínculo entre ellos es un amor particular, porque fueron socios en el abandono y la soledad y se hermanaron desde chiquitos. Es más fuerte que el de un hermano de sangre, porque se eligen. Hay algo inmanejable e irracional que los une.

Gil Navarro: Estos tres tipos se preguntan todo el tiempo por qué, y esas respuestas vagas que les llegan desde el instinto los convierten en lo que son. Ellos están convencidos de que no le están haciendo un mal a nadie.

Marrale: Astor es muy consciente de eso. También hay que resaltar, metaforizando, que el padre que representa es la ley y de alguna manera, este padre impone una ley casi a lo Shakespeare. No nos olvidemos de que Nicolás está casado con Ana, su hija, algo que Astor nunca le perdonó, porque el compromiso que él tenía con los dos no era con lo sanguíneo, y Nicolás pasó ese límite. Por eso Astor tiene una contradicción permanente con Nicolás: primero lo deja ir y después lo quiere liquidar. En ese sentido, está muy bien contada la historia en cuanto a clan familiar, el juego de poderes que aparece en las familias inconscientemente, qué lugar ocupa cada uno, la sucesión, la herencia: todo está subyacente.

También entra en ese esquema las relaciones con las mujeres de la familia.

Marrale: Tienen esa doble moral del machismo: lo peor, ellas no deben saberlo, las protegen. Astor se dedica al tráfico de personas, pero cuida que su hija no se entere de una discusión con la madre. Hay un ámbito de secreto donde las mujeres no entran.

Navarro:: Astor dice que todo se puede manipular y eso marca el nivel de su impunidad.

Marrale: Es interesante ver que esto es algo que le pasa a la sociedad: se va acostumbrando a la impunidad.

Gil Navarro: Y lo más grave es que en la medida en que no tiene castigo, se incorpora a lo cotidiano, ya no escandaliza. Y no es porque no haya leyes, existen, pero no se cumplen. Habría que preguntarse por qué y desde cuándo no se cumplen.


¿Se puede ayudar a tomar conciencia de esto desde una ficción?

Navarro: Sí, aunque sea mínima. Por ejemplo, si al terminar esta novela uno solo de esos puteríos con chicas esclavas es denunciado y el responsable va a la Justicia, yo me doy por satisfecho.

Gil Navarro: Es algo mínimo, pero para nada es poca cosa.


Cada cual atiende su juego

Además de su personaje en la telenovela de Facundo Arana, Juan Gil Navarro es Lalo Padilla, el protagonista varón de Lalola (América), que hoy aparecerá en el último capítulo (ver pág. 4). "Fue raro grabarlo en medio de Vidas robadas. Pero estaba bueno darle un final al personaje, y le agradezco a Telefé que me haya permitido escaparme y hacerlo". El actor también está ensayando una obra de teatro con Selva Alemán, para estrenar en julio.

Jorge Marrale tiene un año cinematográfico: el 8 de mayo se estrena Cordero de Dios, de Lucía Cedrón y, luego, Motivos para no enamorarse, de Mariano Mucci, y Cómplices del silencio, una producción italiana.

Adrián Navarro espera el comienzo del rodaje de un guión que escribió con Marcelo Figueras, y aguarda el estreno de dos películas que acaba de filmar, una de ellas con Carmen Maura.


Ludovico: el maldito que faltaba

El trío diabólico que forman Astor, Nicolás y Dante tiene un cuarto integrante, que pide pista, aunque, por ahora, no lo dejan: Pato Corvalán (Ludovico Di Santo), el sobrino de Nacha (Virginia Innocenti), mujer de Astor. Ella lo llevó a vivir a su casa de adolescente, lo alejó de su madre y siempre le dio un buen pasar. Nacha quiso mantenerlo alejado de los asuntos sucios de la familia, le pagó los estudios y le puso una productora de TV, pero él insiste, sospecha y cada vez colabora más con los negocios de Astor (aunque aún no entiende de qué tratan). Ahora Astor lo está poniendo a prueba y para eso, le pide a Dante que lo entrene: eso incluye que le enseñe a usar armas, a apretar gente y a extorsionar. Pero el precio que tiene que pagar es alto: ya recibió varias golpizas de Dante.

Dime cómo dañas y te diré quién eres

Fernanda Longo

Cuando el mal es irracional, indiscriminado, no es muy interesante. Seduce cuando se disfraza de argumentos, de necesidad, de buenas intenciones. Cuando tiene un plan, y ese plan responde a una causa (aunque no sea ni buena ni justa). Aún más: se vuelve inquietante y aterrador cuando no necesita imponerse, porque el contexto (la sociedad, la crisis económica, la Justicia) conspira a su favor. Eso es lo que pasa con los malos de Vidas robadas: se multiplican, se alimentan entre sí, contagian, porque no son malos caprichosos, aislados, luchando contra corriente: son los emergentes de un sistema, para el cual resultan funcionales y eficaces. Es sabido que sin villanos no hay melodrama. Hoy quizás, los villanos sean, también, su test de calidad. De Resistiré a Vidas robadas, de Mauricio Doval a Astor Montserrat —pasando por el inolvidable Alberto Lombardo de Montecristo—, ¿será que la telenovela argentina de los últimos años se distingue, cada vez más, por la intensidad de sus malvados?

(fuente: Clarín, Sandra Commisso)