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Más desdichas que pasión

2008.04.27

 

La telenovela de Telefé que protagonizan Facundo Arana y Soledad Silveyra se hace fuerte en el conflicto social, con el riesgo de cocinar la historia de amor a fuego demasiado lento.

En la línea de los exitosos Resistiré y Montecristo, la historia de Vidas robadas (lunes a jueves a las 22.15 por Telefé) vuelve a entrecruzar los conflictos propios del género con la realidad social. Una mezcla que, bien administrada, puede ser explosiva —como ya pudo verse en los casos anteriores—, pero que también resulta altamente inestable, como en éste.

En este caso la inestabilidad está dada por la preeminencia dramática de los conflictos colaterales sobre la historia de amor. La intensidad, en este orden, de: la lucha de Rosario y Juan (Soledad Silveyra y Patricio Contreras) por conocer el destino de su hija Juliana (Sofía Elliot), en manos de una red de prostitución; la violencia latente, y por momentos explícita, del sicópata de Nicolás (Juan Gil Navarro) sobre su mujer, Ana (Mónica Antonópulos) y su pequeño hijo; y la maldad intrínseca del "jefe de los malos", Astor Monserrat (Jorge Marrale), hasta el momento han dejado muy rezagada, en interés y fuerza dramática, a la incipiente historia de amor entre Ana y el protagonista de la tira, el antropólogo forense Bautista Carrasco (Facundo Arana). Para más datos, Ana es hija de Astor, y Nicolás trabaja para él.

De Bautista, cuanto menos, se puede decir que las cosas no le están saliendo bien. Primero sufrió la muerte de su mujer —de la que estaba muy enamorado— en un presunto accidente automovilístico (ironías del destino, el mismo día que conoció a Ana o, mejor dicho, que le salvó la vida al encontrarla, perdida en la montaña). Y después, padeció el asesinato de un entrañable amigo que estaba investigando una red de tráfico de personas. Sí, la misma que maneja Marrale.

De Ana, se puede anotar que todavía debe dar muestras de por qué fue convocada. Al rostro armónico e interesante de Antonópulos, debutante en estas lides de protagonizar, todavía le falta la expresividad que trascienda las marcaciones de manual.

No es el caso de la dupla de Soledad Silveyra y Patricio Contreras que, más allá de lo esquemático de su problemática —al punto que parece una historia extraída de la cruda realidad de un noticiero—, construyen una pareja plagada de matices, colores y sentimientos en el infortunio que les toca vivir. Tampoco el de Gil Navarro que, a pesar de algunos desbordes, sabe cómo mostrarse peligroso y desagradable.

Finalmente, Jorge Marrale no consigue ir más allá del malo de turno. No tanto por limitaciones actorales, que no las tiene, sino por la aparente imposibilidad de nuestra televisión de "escribir" poderosos sin escrúpulos que sean capaces de hacer algo más que intrigar y maquinar mientras miran con dureza a su interlocutor/a. Desde los célebres "malos" de Oscar Ferreiro de las tiras del 9 (¿quién no recuerda al Luciano Salerno de Ricos y famosos?), el "jefe de los malos" ha devenido en maqueta cruel y hierática.

La historia de amor de Ana y Bautista se está cocinando, a fuego muy lento, en el caldo de la adversidad. El peligro es que, a este paso, se termine consumiendo el agua del caldo y se queme la olla. Habrá que estar atentos para que no ocurra.

La cruzada de Bautista contra la mafia del tráfico de personas que ya se ha puesto en marcha, aunque él aún no lo sepa, no le dará descanso y seguramente lo encontrará vencedor. El tema es comprobar cuánto interés televisivo puede despertar su pasión por Ana. Y viceversa.

(Fuente: Clarín)